19 de diciembre de 2016

La Luz de una Lámpara




LA SONRISA DE NEMESIO

—¡Sí vino, mi abuelo sí vino! —dijo uno de los nietos de don Nemesio Álvarez. Y, como travieso duende, se filtró el rumor entre la gente.

Afuera, la llovizna dibujaba puntitos en el pavimento, mientras que en los cristales de las ventanas apenas era visible. Desesperados, en completo desorden, salieron los invitados. Luego los padrinos y familiares de los novios abandonaron el salón. Enseguida los músicos y hasta la misma pareja de recién casados se olvidaron del festejo, sólo para mirar al viejo. Tenía tanto sin salir de casa que les causaba extrañeza su asistencia. En pocos minutos, la camioneta en que se transportaba quedó rodeada de curiosos.

Apenas por la mañana Nemesio decidió asistir a la boda, pensando que si su mujer viviera le habría encantado verlo divertirse. Ellos habían sido unos padres ejemplares. Aparte de llenar de amor a sus hijos, colmaron de afecto a sus sobrinos y nietos. Y justo ahora, era una nieta quien contraía nupcias.

Durante su largo matrimonio, Nemesio y Clarita sólo sufrieron una ruptura, la cual les sirvió para fortalecer su relación y envejecer juntos. Don Nemesio andaba ya en los setenta años. Haber perdido meses atrás a su compañera de vida lo tenía deprimido y casi desconectado de lo real. Sin ella esto no es vida, repetía de manera constante.

Cuando recibió la invitación, ni siquiera se molestó en leerla; se limitó a abandonarla en un rincón. No obstante, su pensamiento cambió y, al recuerdo de su esposa, tomó la tarjeta y la leyó detenidamente. Lavó su camioneta, salió de casa, se compró una camisa y una texana nueva. Se cortó el cabello y se rasuró; se arregló como a ella le gustaba. Así, completamente renovado, se dirigió a la fiesta. 

Al estacionarse afuera del salón de eventos, unos suaves acordes lo remontaron al ayer. Sin bajarse del vehículo, reconoció el vals, mismo que había bailado en su boda. “Si es tormento vivir sin tu amor y el amarte un eterno dolor. Si esto es vida yo quiero soñar y si es muerte yo quiero morir”. Una tranquilidad inusual lo arropó. La melodía sonaba perfecta. Se recargó en el asiento y se balanceó al ritmo de la música. Entonces apareció Clarita, su esposa, joven, hermosa, tal y como la conoció. Era como si el tiempo hubiera hecho una pausa justo el día que se casaron. Llevaba puesto un vestido blanco que le arrastraba en el piso, con una larga cola que se difuminaba en la penumbra. La tomó de la cintura y bailaron sin dejar de contemplarse. Vuelta tras vuelta, parecían suspendidos en el aire. No hablaron con la voz, pero sí con la mirada, con las manos, con el latir de los corazones, con el correr de la sangre. Y cómo no sonreír, si Nemesio volvía a ser el hombre más feliz del universo. Era la única ocasión que sonreía luego de su viudez. Hubiera querido que el vals no terminara y bailar, y bailar y seguir bailando con ella una eternidad; sin embargo, un dolor lo hizo soltarla y llevarse las manos al pecho, cayendo de cara sobre el volante. Pero ahora no estaba solo, ahí estaba Clarita para levantarlo.

La luz de una lámpara iluminó el rostro de Nemesio dentro del vehículo. Así lo encontraron, sonriendo y con el corazón dormido.


Catalina Jiménez Castillo (Río Verde, S. L. P., 1969). Narradora y poeta. Asistió al Taller de Creación Literaria impartido por Ramiro Rodríguez en 2015. Participó en el recital Voces desde el Casamata, el Congreso Binacional Letras en el Estuario y en el Festival Internacional de Otoño. Su obra se incluye en las antologías Rara ubicuidad (ALJA, 2013) y en Ríspida introspección (ALJA, 2014). En narrativa breve, autora de Cómplice la noche (ALJA, 2014) y coautora de Hoy te contaré (ALJA, 2015). 

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